Cambio de campo

DECLARACIÓN HISTÓRICA DE ETA

Con alianzas aquí y complicidades internacionales, la izquierda abertzale llega fuerte a este momento.La histórica decisión de ETA supone un cambio de campo para seguir disputando un partido que será largo. Y la izquierda abertzale llega a este momento con una fortaleza evidente y con señales claras de seguir reforzándose en el futuro.En la medida en que ETA ya ha dado el paso exigido por la Declaración de Aiete, ahora la presión recae sobre los gobiernos español y francés para que acepten hablar.

Iñaki IRIONDO
La histórica decisión de ETA supone un cambio de campo para seguir disputando
un partido que será largo. Y la izquierda abertzale llega a este momento con una fortaleza evidente y con señales claras de seguir reforzándose en el futuro.
La decisión adoptada por ETA coloca a Euskal Herria en un nuevo estadio histórico. Es el arranque de una realidad desconocida por varias generaciones de vascos y vascas. Hoy hay más paz, pero no hay paz. Hoy hay más libertad para que todas las opciones políticas puedan expresarse sin temor, pero no hay libertad. Hoy más gente podrá decir que tiene sus derechos garantizados, pero no todos los derechos están asegurados. Todavía quedan piezas para completar el puzzle de la Euskal Herria en democracia.
Desde la ruptura del proceso negociador 2005-2007 la situación política vasca había entrado en un bloqueo que las prácticas tradicionales de la izquierda abertzale no conseguían romper. De hecho, había una peligrosa tendencia al deterioro. Un grupo de dirigentes independentistas -cuyo núcleo central está hoy todavía encarcelado, lo que es sin duda un motivo de reflexión y escándalo- optó por adoptar medidas drásticas. Había que abrir un debate que pusiera en cuestión todos los elementos tácticos y estratégicos para al final adoptar decisiones, por mayoría, que sirvieran para avanzar.

Si se permite la analogía tecnológica, la resolución adoptada por la izquierda abertzale, a la vista de su desarrollo hasta la fecha, fue la aplicación de la regla número uno que cualquier experto informático ofrece ante un aparato bloqueado: apagar y encender. Reset.

La decisión comunicada por ETA supone la continuación adaptada a la coyuntura histórica actual de más de cincuenta años de lucha del independentismo de izquierdas. Como quedó fijado en su V Asamblea, «cada avance o retroceso del proceso revolucionario en su conjunto exige unas formas organizativas y de lucha específicas». Esa fue la máxima con la que comenzó a gestarse el proceso que concluyó en la resolución «Zutik Euskal Herria!». Y el debate de hondo calado que hubo en el seno de la izquierda abertzale determinó que en adelante las formas de lucha serán pacíficas y democráticas, lucha ideológica, lucha institucional y lucha de masas.

ETA no desaparece porque -como bien señalaba en su última entrevista el presidente del PSE, Jesús Eguiguren- hasta que no se solucione la situación de sus militantes la organización deberá seguir para gestionar su final. Bueno, él lo resumía en un «mientras hay presos hay ETA», pero la cuestión es más amplia y compleja.

Pero ETA se descarga de su peso como «poder fáctico», y atrás quedó también su papel de vanguardia. Esto supone un enorme compromiso para el conjunto de la militancia de la izquierda abertzale e incluso para una buena parte del nacionalismo vasco, pues ahora es más evidente que los avances o retrocesos que se produzcan en el proceso dependerán de su capacidad de trabajo, de movilización y de convicción.

Lo cierto es que viendo cómo ha gestionado la izquierda abertzale los dos últimos años, no parece que les esté yendo mal. Pese a los continuos golpes represivos y a su estado de ilegalización, ha conseguido hacerse con la iniciativa política sembrando a la vez el desconcierto en el resto de familias políticas. Cuando la daban por muerta ha demostrado estar muy viva, cuando la consideraban aislada puso en marcha una estrategia de alianzas que le han llevado a compartir un enorme éxito electoral y un poder institucional desconocido en toda su historia. Y junto a todo ello, de manera simultánea ha ido ganán- dose la credibilidad de buena parte de la sociedad vasca y de sectores muy influyentes de la comunidad internacional, que, como se ha visto en las últimas fechas, han accedido a comprometerse públicamente con la búsqueda de soluciones para «la última confrontación armada de Europa».

Confianza en el propio pueblo y actividad «diplomática» son dos de las claves que han conducido al momento actual y también las dos partes de la pinza con la que la izquierda abertzale ya anuncia que actuará en adelante. Mucho se comenta de cuáles pueden ser los efectos de una victoria del PP en las próximas elecciones del 20-N, y la evidencia es que, hasta la fecha, cada gobierno español ha sido más duro que el anterior, independientemente del partido que estuviera en La Moncloa. De hecho, el mayor encarnizamiento del Código Penal se ha producido durante el mandato de José Luis Rodríguez Zapatero y con él han llegado también la llamada «doctrina Parot» de alargamiento de las condenas casi a perpetuidad, la extensión hasta el paroxismo de las prácticas ilegalizadoras (Sortu, un partido que rechazó la violencia de ETA sigue ilegalizado) y el intento de abortar este nuevo tiempo que se produjo con la detención y encarcelamiento de Arnaldo Otegi, Rafa Díez Usabiaga, Miren Zabaleta, Arkaitz Rodríguez y Sonia Jacinto.

Por lo tanto, sin ser indiferente quién ocupe la presidencia del Gobierno -en esto pueden influir no sólo el partido sino hasta el carácter de la persona- da la impresión de que la izquierda abertzale ha interiorizado desde hace tiempo que nadie le va a regalar nada, y que los avances que pueda lograr habrá de conquistarlos por sí misma junto con los socios que pueda encontrar en cada momento.

No se trata de la «buena voluntad» que tenga cada gobierno o cada gobernante, sino de la necesidad que sienta en cada momento. Por lo tanto, los indicadores señalan que, en adelante, el objetivo del independentismo va a ser encontrar la manera más eficaz de generar estados de necesidad de los gobernantes en defensa de los derechos de los presos políticos, de las libertades ciudadanas, de la búsqueda de un marco democrático. Y en ese camino, la lucha armada de ETA es ya parte del pasado.

La decisión adoptada por ETA llega en un momento en el que, además, hay una conciencia en la opinión pública de que la izquierda abertzale está ganando posiciones y se da por hecho que es un sector emergente llamado incluso a pugnar por ser la fuerza mayoritaria.

Además, el hecho de que muchos partidos y medios intentaran presentar la Conferencia Internacional de Donostia como una «necesidad interna» de la izquierda abertzale, como una pista de aterrizaje para este paso histórico de ETA ha tenido un efecto contrario al que cabe suponer que pretendían quienes lanzaban esa idea. Porque si eso fuera así, la conclusión es que la izquierda abertzale tiene en la actualidad unos aliados en el ámbito internacional que para sí quisieran muchos partidos e incluso gobiernos. Si Kofi Annan viene a Euskal Herria para satisfacer las necesidades internas de la izquierda abertzale y hasta Jimmy Carter se suma a ese movimiento, no cabe duda de que se trata de una fuerza pujante.

Pero la importancia de la Conferencia Internacional de Donostia no reside en los efectos que haya podido tener sobre la izquierda abertzale, aunque ni siquiera ETA oculta que ha sido un factor que ha influido en su decisión final. La Declaración de Aiete tiene el valor de ofrecer una hoja de ruta de resolución del conflicto y un conjunto de personalidades internacionales que han invertido su prestigio y algo más en que esto salga bien.

En la medida de que ETA ya ha dado el paso que le exigían los firmantes, ahora la presión recae sobre los gobiernos español y francés para que «acepten iniciar conversaciones para tratar exclusivamente de las consecuencias del conflicto».

Pero tampoco conviene olvidar que en manos de las fuerzas políticas vascas está también buscar y acordar las bases para una «nueva era sin conflicto».

La histórica decisión de ETA de poner fin a la activad armada abre en las circunstancias actuales un sinfín de posibilidades al independentismo de izquierdas que se ha preparado bien para llegar al momento actual, habiendo acumulado fuerzas y atrayendo a sectores de lo que en un tiempo se llamó «nacionalismo institucional».

Esto ha puesto nervioso al PNV. En primer lugar, por los efectos que puede tener dentro de apenas un mes en las urnas. Pero si se mira con mayor perspectiva, los jeltzales se enfrentan a todo un debate estratégico de futuro. ¿Qué papel van a adoptar con un independentismo civil fuerte en el escenario político vasco?

Con el factor de la lucha armada activo, el PNV acabó siempre poniéndose de lado del Estado. El ex lehendakari José Antonio Ardanza cuenta en sus memorias la sintonía que mantuvieron con el Gobierno español durante las negociaciones de Argel. Y durante las más recientes conversaciones de Loiola, la delegación compuesta por Josu Jon Imaz e Iñigo Urkullu se puso también de lado del PSOE, secundando el plante de Jesús Eguiguren y Rodolfo Ares y levantándose de la mesa diciendo que «ni como nacionalistas ni cómo demócratas» podían aceptar un órgano institucional en el que representantes de Araba, Bizkaia, Gipuzkoa y Nafarroa eleboraran un Estatuto de Autonomía para los cuatro territorios que debía luego de ser refrendado por mayoría de la ciudadanía en cada uno de ellos. Esto lo filtró el propio PNV a periódicos de su órbita y está publicado el 30 de julio de 2007.

También al PNV se le abre ahora un campo de juego nuevo. Jesús Eguiguren y Jaime Mayor Oreja -cada uno desde muy diferentes perspectivas- temen que el fin de la actividad armada de ETA pueda conllevar un recrudecimiento del «desafío independentista» en el que jeltzales e izquierda abertzale pudieran llevar adelante una acción concertada. Mayor Oreja lo vive con un sentimiento de tragedia por el peligro de ruptura de España. Eguiguren lo sobrelleva con el pesar de saber que el PSE y el PSOE podían haber jugado de otra forma en esta apuesta y haber reforzado sus propias posiciones y contribuido a contener la subida de la marea de Bildu que predice.

El presidente del Gobierno español dejó ayer para el Ejecutivo y las Cortes que salgan de las elecciones la conducción de esta nueva etapa. Y el que se da como su seguro sucesor, Mariano Rajoy, no ofreció en su comparecencia demasiadas pistas sobre cuál será su modo de actuar, salvo la confirmación de que, al menos, no pretenderá utilizar está «buena noticia» contra el PSOE acusándole de haber hecho unas «concesiones políticas» que ya dijo que no existen. Lo de actuar «al amparo de la Ley» lo mismo sirve para un roto que para un descosido, pues con la ley en la mano cientos de presos vascos podrían estar ya en sus casas.

Es pronto todavía para analizar las reacciones habidas. Cómo se ha llegado hasta aquí demuestra que hay que fiarse más de los hechos que de algunos dichos.

Arranca un tiempo interesantísimo. Ayer la consigna del Estado fue hablar de la derrota de ETA. Esa es «su pista de aterrizaje». Porque la partida no ha terminado. Ha habido un cambio de terreno de juego y lo importante es que ahora todos se animen a saltar al campo. Con reglas democráticas, al final ganamos todos.


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