Un examen de nosotros mismos

Rossana Rossanda
Il Manifesto
Traducido para Rebelión por Susana Merino.

Al gobierno de Monti no podría importarle menos la libertad de prensa. Como buen liberal está convencido de que un diario es una mercancía como cualquier otra, si se vende bastante a los lectores y a los anunciantes vive, si no muere.

El estrangulamiento fue bien ilustrado el otro día por Valentino Parlato. Y era visible desde nuestra percepción. Nuestra asfixia es de la misma naturaleza que la que se intenta aplicar a los no menos urgentes bienes comunes. Nos parece también importante la presencia de una voz fuera del coro, como la nuestra, porque en un país que ha ratificado tres veces a Silvio Berlusconi en el gobierno hay algo que no funciona. No funciona que tantos amigos se alegren por que en el lugar de un mequetrefe impresentable se ha puesto a un distinguido y honesto liberal. Honesto personalmente, se entiende. La honestidad social no se sabe muy bien qué es y tampoco le importa a la prensa salvo a nosotros que somos una fracción de la izquierda y además comunista. Es decir, más que comunistas, en el sentido de que el comunismo de los “socialismos reales” ya no andaba ni hacia atrás ni hacia adelante. Por eso fuimos excluidos del PCI, por haber planteado preguntas sobre los socialismos reales prácticamente ya no existen los partidos comunistas.

Que al gobierno no le interese una voz como la nuestra es comprensible; Il manifesto tiene la imagen de un periódico de izquierda, todavía más, de extrema izquierda. Ahora bien, es fácil defender la libertad de prensa cuando dicha prensa no te ataca. ¿Y quién ataca al gobierno en Istali? ¿Y dónde estamos nosotros? Como recuerda Parlato, Il manifesto desde hace ocho años se venía vendiendo menos y la caída se aceleró en los dos últimos años. El promedio de nuestros primeros treinta años era, poco más o poco menos de 30.000 ejemplares, no demasiado grande, éramos un periódico sectorial. Pero de un sector sólido y respetado. Ahora rondamos la mitad.

Deberemos preguntarnos por qué. Era costumbre hacer un alto por lo menos dos veces al año. Pero en los últimos tiempos la dirección no ha convocado ninguna asamblea para reflexionar sobre el estado del mundo y de Italia y sobre nuestra orientación en tal sentido. Ni la redacción, que puede exigirlo, parece que ha sentido esa necesidad. Ni siquiera un momento antes de llegar a cierta forma de liquidación, no una quiebra pero casi, a la que nos vemos obligados. No ha sido una buena elección. No es nada obvio en qué consiste actualmente un diario de izquierda, y mucho menos uno que según Parlato debería definirse como comunista. En el sentido que mencionábamos anteriormente, un comunismo que poco tiene que ver con los “socialismos reales” sino con un socialismo que lleve a cabo cambios en la vida y en la producción y que haciéndolo contribuya a una mayor libertad política. ¿Lo hemos dicho en estos últimos años? ¿Se podía decir? Esta es la pregunta que no hemos respondido al dejar de hacérnosla a nosotros mismos. Tiendo a creer que de esa reticencia deriva el abandono de nuestros lectores. Pero es una pregunta difícil de responder.

No es fácil ser comunista hoy, veinte años después de 1989. Y por lo tanto sería tarea nuestra aclara qué entendemos todavía por comunista y por qué ya no se puede decir. Creo que en el corto plazo no se podrá seguir diciendo. Y no porque el sistema globalizado se haya vuelto más humano, compartido y compartible, menos feroz, más pacífico por ser más libre y un poco menos desigual, lo que no quiere decir “conformizzato”. No hemos dejado de escribir que desde 1971 han sucedido muchas cosas. Casi todas. Pero no hemos tratado ni explicitado las consecuencias. En este sentido la crisis de la izquierda no es diferente de la nuestra, por lo menos –aunque izquierda es una palabra bastante vaga- de aquella parte de la izquierda que se proponía un cambio de la forma de producción ¿Se puede ser anticapitalista hoy?

Il manifesto nació cuando una parte del mundo bajo la hegemonía de los EE.UU. era capitalista e imperialista, y otra parte que había abolido ya la propiedad privada del capital se decía socialista y estaba bajo la hegemonía de la URSS. El mundo se definía entre dos campos y medio: porque quedaba una parte suspendida en un “postcolonialismo”, vago como todos los post, llamados países tercermundistas. Hoy ya no es así; los EE.UU. ya no son sin discusión la primera potencia capitalista y no es seguro que su fin se pueda definir como imperialista. La Unión Soviética ya no existe. China tiene un gobierno que se dice comunista pero con un sistema productivo capitalista obsceno. Cuba ya no parece socialista. El Tercer Mundo ha recorrido, entre estados bajo la influencia de distintas potencias, un itinerario nunca visto. Mientras tanto Europa ha construido un espacio de moneda única y dirección liberal que desde hace años está atravesando una crisis económica y política más grave que la de los EE.UU. de cuyas raíces nació. En suma, todo ha cambiado. ¿Ha cambiado el capitalismo? Podemos decir que no, desde el momento que se ha globalizado articulando el modo de producción. Ante este cambio de escenario, ¿podemos seguir usando los instrumentos de análisis y propuestas que teníamos en 1971? No lo creo. Al menos habría que revisarlos.

Italia también ha cambiado. En el sentido en que el país en el que quizás el movimiento del 68, fue más largo y más extendido a varios estratos sociales, no solo de obreros y estudiantes –tiene razón Mario Tronti– se han desestructurado las formas clásicas y también todas las formas nuevas que produjeron el socialismo y la democracia. Ha introducido nuevas figuras sociales y algo más que una figura social, las mujeres y los feminismos. Esta multiplicidad de objetos ha tenido en común el rechazo a las formas de poder, a las que visible o invisiblemente se hallaba sometida, pero dividiéndose al mismo tiempo muy tempranamente. Resultado, frente a la amplitud del rechazo se produjo una reacción opuesta, un individualismo plano, un rechazo a cualquier cambio de la sociedad de toda colectividad que no fuera local o comunitaria. La falta de comunicación de las diferencias ha producido una crisis en la política cuya salida ha sido el “berlusconismo” y el aumento del populismo.

Pero también nosotros hemos producido un mapa y una topografía profundizada y común. Denunciamos los límites del keynesianismo post bélico con la intención de ir más allá, pero de hecho hemos dejado espacio a las presiones liberales. Menos Estado más mercado, era un eslógan que gustaba hasta a la izquierda. Durante un par de décadas dejamos de lado el marco laboral, analizando la nueva subjetividad y las muchas contradicciones que surgían, terminando por declarar el desvanecimiento cuando no la irrelevancia de las contradicciones entre trabajo y capital. Hasta el estallido de la crisis y la ofensiva patronal de la Fiat habíamos prestado poca atención a la estructura social, como si fuera un problema estrictamente sindical. No estuvimos convencidos y por lo tanto no fuimos tampoco capaces de convencer –como recuerda el secretario de la Fiom– de que el modo de producir no involucra solo a la fábrica, sino también a toda la sociedad. ¿El trabajo? Tema del siglo pasado ¿El obrero? Ya no existe ¿El sindicato? Antigüedad. Por lo demás nos borbotaban diariamente los patronos que el trabajo constituía ahora solo una parte mínima del proceso de la producción.

En la actualidad los patronos dicen todo lo contrario, gritan que para ser competitivos en la globalización es necesario reducir los salarios italianos al nivel de los de Indonesia o China, un tercio, un cuarto del nivel que los trabajadores habían logrado entre nosotros. Así hemos llegado, como el resto del mundo occidental a un estrangulamiento en el que los réditos se han ampliado al máximo, el 10% de la población gana el 90% y de ese 10% un 1% gana mucho más que todos los demás. En ese estrangulamiento se debaten también las nuevas subjetividades.

En este hervidero de necesidades y en su incapacidad de entablar el diálogo, Il manifesto no ha logrado despertar más interés sino menos. Y sin embargo no pasa un día en que no aparezca un tema interesante y que sería imposible encontrar en otra parte, una interpretación de la noticia que el resto de la prensa desenfoca. ¿Puede ser que lo que escribimos no se entienda? ¿No está bien expresado? ¿No está claro? ¿No es ágil y divertido? Algo no está funcionando ni entre nosotros. Estamos cansados porque -por favor no lo olvide– quienes hacemos todos los días este periódico y lo ponemos en circulación no podemos más en una situación que se menoscaba todos los días, que además cobramos menos que en cualquier otro periódico y, a veces llorando, esperamos el sueldo durante meses.

Depender durante años de los ingresos del marido, de la mujer, de los padres o de otro trabajo se dice fácilmente, pero se vive con dificultad. Insisto en que pidamos solidaridad y al tiempo hagamos un autoexamen. ¿O pensamos que que la historia terminó y que “a ver si me apaño” se ha convertido en el único lema realmente popular?

Fuente: http://www.ilmanifesto.it/


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