¿Quién dijo que en Islandia hubo una revolución?

Daniel López
 Rebelión

Últimamente, ambos significantes unidos han circulado por redes y medios de comunicación convirtiéndose casi en el símbolo de una emancipación posible. A muy pocos se nos escapa hoy la noticia de que esa bella  isla situada en medio del Atlántico es, además, un gran país renaciente (tras un convulso periodo de crisis y recesión) gracias al tesón y a la insobornable voluntad cívica de sus ciudadanos.

Un espejo, pues, en el que mirarnos el resto de las democracias S.A. que poblamos el Occidente civilizado y en las que, también al calor de la crisis y sus consecuencias deshumanizadoras, estamos empezando a cuestionar la gramática que gobierna nuestro día a día, nuestro propio valor como ciudadanos y el sentido de nuestras instituciones. Me refiero, principalmente, a toda la movilización y el activismo vinculado al movimiento15M y a aquello que en su día también se denominó Spanish Revolution.
Me pregunto, pues, y lo hago sin retórica, quién se encarga de  poner nombre a una revolución. Entiendo que difícilmente éste pueda nacer de la propia intención del revolucionado, por más que dicha transformación suya haya sido precisamente a mejor, es decir, a mayor conciencia, mayor poder, mayor capacidad de decisión o mayor libertad en suma.

Parece, antes bien, que esto de nombrar los tiempos que vivimos deba ser cosa de historiadores, cronistas,  informadores o de algún que otro interesado gestor del tiempo, preocupado de dimensionarlo, de modular sus transiciones, sus éxtasis o estancamientos. Una labor, pues, necesariamente alejada  de la urgencia que debemos suponer en aquellos por los que efectivamente atraviesa el nervio de la revolución, en caso, obviamente, de producirse.

Si me detengo en esta disquisición es porque he tenido la oportunidad, empujado por mi azarosa fortuna social, de sentirme retratado en ambos escenarios. Es decir, he sido cuerpo indignado en la primavera española del 2011 y a día de hoy soy modesto  aspirante a formar parte de la  ejemplar comunidad islandesa, digamos que he trasladado mi indignación y mi hambre de una a otra de las zonas presuntamente revolucionadas.

Pues bien, si he de ser honesto, debo decir  que tanto aquí como allí no he conseguido aún vivir nihil novum sub solem capitalista. Que conste que mis razones   no descansan, obviamente, en la evaluación de cifras de crecimiento, para lo que además no reúno la más mínima competencia, sino, a lo sumo, en ponderar el precio que las condiciones externas imponen a mi propia supervivencia, y, en estos justos términos, puedo asegurar que cinco mil kilómetros más al norte del que dice ser mi país dichas condiciones mantienen una perfecta simetría.

Es decir, que debo seguir siendo, aquí como allí, un perfecto adicto a la explotación, a ese veneno que matándonos nos permite  vivir justo el tiempo que le somos necesarios. Que debo mantener el mismo penoso afán por cambiar vida útil por tiempo de vida, el mismo frívolo intercambio de sueños, aspiraciones, deseos y expectativas por la asunción fascista de una  realidad extraña que sólo nos piensa en términos de producción. En definitiva, que todo parece reducirse, de nuevo, a la misma historia de una justicia simplificada en la que, en último término, sólo se me reconoce el derecho a obedecer.

Parece que nos tocó vivir, por tanto, de más a más capital, de esto cabe tener ya muy pocas dudas. Frente a esta situación, se trataría, al menos es lo que procuro, de tratar de pensar y vivir a pesar de él. Procurar deshacernos de todos sus disfraces. No ceder a sus trampas, perforar su lenguaje y sobre todo, sacudirnos cualquier creencia ilusa de que existen ya vías francas en pos de su superación.

Pues es justamente aquí, donde detecto cierta ligereza en el uso de algunos significantes tradicionales de la izquierda, como es emblemáticamente el de revolución, que, de manera incontinente, nos gusta regalarnos a aquéllos que parecemos condenados tan sólo a desearla. Me sucede algo semejante con la circulación, también predominante en estos últimos tiempos, de los sujetos colectivos, con toda forma de un nosotros: el movimiento, los indignados, los ciudadanos, el pueblo o la sociedad civil. Ninguno de ellos, hasta el momento, ha conseguido liberarme siquiera un ápice de la maquinaria liberal que destruye mundos, fabrica subjetividades y ahorma mi propio estar aquí. Apuesto, además, a que en esto no debo ser ninguna excepción.

Percibo, por tanto, un constante desajuste entre las miserias pertinaces de mi singularidad, y los lenguajes de la emancipación que circulan entre nuestras corrientes de opinión  más críticas y comprometidas con la transformación del statu quo. Percibo que al espejismo de una humanidad  presuntamente cumplida y satisfecha de sí a la que nos condena el presente de la dominación, se le suma el espejismo, todavía peor, de una liberación casi al alcance de la mano. ¿Cómo y dónde se han producido de veras dichas revoluciones? O más modestamente aún, ¿cómo y dónde se están materializando siquiera formas de resistencia que sean verdaderamente efectivas? Conozco a algún que otro revolucionario pero, ¿dónde están los revolucionados, aquellos sujetos protagonistas de una emancipación real?

Mi respeto es profundo por todas las formas de contestación social, entre ellas, especialmente, por la denominada Spanish Revolution (hoy 15M) o por las fecundas caceroladas que tuvieron lugar frente al Parlamento islandés, pero, ¿qué ocurre más allá de lo gestos, de las consignas y la movilización? ¿Cómo impedir esa vuelta a la normalidad en la que parecen naufragar estos movimientos? ¿Cómo conseguir instalarnos en nuestra propia excepción frente al permanente estado de excepción que nos gobierna? ¿No son estas las coordenadas en las que debería moverse un colectivo verdaderamente revolucionado?

Ciertamente, pero al igual que el monte Esja se levanta impertérrito sobre la ciudad de Reykjavik, dominante e indiferente al devenir de sus habitantes, parece que una y otra vez las mismas inercias sistémicas nos empujan a mantenernos a cada uno en el mismo lugar social,  aunque éste consista en la más gris exclusión. Sabemos cambiar de lugar, sabemos competir por los mejores, pero nos queda atrevernos a romper con su distribución, a abandonar todo emplazamiento, nos queda convertir en un mismo gesto la resistencia y la retirada. Y temo que hasta que lo consigamos, será vano jugar a convencernos de que algo así como una revolución pueda tener lugar.

Así que, en tanto reunimos este saber y emprendemos esta práctica, sí considero saludable, insisto, no ceder a ningún señuelo. Abandonar, si es necesario, los viejos códigos, es decir, perder definitivamente la esperanza en que al decir izquierda o revolución estemos nombrando algo de veras sustancial. Personalmente, no me produce ningún vértigo asumir esta situación, quiero prescindir de una vez de esta saturación de discursos críticos vaciados de estrategia y de toda eficacia material. No quiero que pongan otra vez nombre a mi estado de ánimo ni al de mi generación. Ni indignado, ni revolucionario, ni revolucionado, tan sólo un desheredado más que busca como el poeta, entre las sombras, al deus absconditus de su propia emancipación.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

rCR


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