La enésima copia

En una inesperada reflexión de 1934, el gran escritor austriaco Joseph Roth arremetía contra el cine para cuestionar de hecho la realidad del mundo: si las cosas fueran realmente reales no podríamos “copiarlas”, “representarlas” y mucho menos filmarlas. Lo que demuestran las sombras de Hollywood, decía, es que sus modelos -las criaturas vivas y sus relaciones- son ya sombras inermes y sin raíces en la verdad. Una copia no remite a un original sino que prueba la falta radical de originalidad: sólo hay copias entre copias. Tal y como pretenden las tradiciones religiosas iconoclastas, las cosas reales no se dejan ni imitar ni reproducir y, por lo tanto, la Unica Realidad es Dios mismo, inalcanzable para el afán mimético de los hombres.

Todo puede ser copiado: nada existe. El cine, en efecto, demuestra la falsedad de los cuerpos, las casas y las montañas, que podemos ahora multiplicar al infinito, en una galería sin fin de mismidades sucesivas. No es que las cosas tengan doble: tienen triple y cuádruple y… enésimo. Gracias a las nuevas tecnologías -cuya quintaesencia, la imagen digital, es la culminación inmaterial de la industria entendida como la capacidad para reproducir objetos iguales- todas nuestras creaciones son desde el principio enésimas: la enésima camisa, el enésimo cañón, la enésima fotografía. Sólo producimos enésimos. La producción de enésimos -aquello de lo que no hay ningún Primero- es lo que caracteriza, por ejemplo, a la pornografía, a la que la tecnología ha rendido un tal servicio que de alguna manera podemos decir que hay algo pornográfico en su naturaleza misma -en la de la tecnología-: el deseo de contemplar el enésimo cuerpo…

Si hay un fenómeno humano que la tecnología ha reducido a pornografía, ése es la guerra, un campo de visión donde el enésimo cuerpo -el único que vemos una y otra vez- es siempre otro cadáver. En un reciente artículo, los periodistas franceses Florence Aubenas y Christophe Ayad afirman que “el mayor cementerio de Siria es internet” y describen de una manera inquietante esta proliferación de imágenes sangrientas -matanzas, degüellos, heridas inverosímiles- que surgen al principio del impulso individual de dar testimonio de una situación inaccesible para los periodistas, pero que acaba por producir un fenómeno sin precedentes: el de la guerra mejor documentada y, por eso mismo, la más incontrolable de la historia. En una sustitución de los medios -nunca mejor dicho- por los fines, la vocación testimonial inicial ha abierto un universo paralelo, autorreferencial, en el que la rivalidad entre enésimos atroces contribuye a alimentar la crueldad en los dos campos mientras limita o anula los efectos sobre la sensibilidad. Todos convertidos en documentalistas gráficos -verdugos y víctimas-, la guerra encuentra su justificación y su combustible en su propia visibilidad total: “si hoy tengo suerte, podré filmar la caída de una bomba” o “¿queréis ver el vídeo de mi primo muerto?”. De lo que se trata ahora es de añadir un cadáver más al cementerio virtual de internet, que es virtualmente infinito.

No quiero hablar de Siria, de la ceguera de un sector de la izquierda, del abandono de nuestros afines sobre el terreno, de la universal infamia volcada sobre el país. Traigo a colación este tema como expresión extrema de un impulso que gobierna nuestras vidas, cuando matamos y cuando amamos. ¿Por qué nos empeñamos en fotografiarlo o filmarlo todo? Creo que en la base se encuentra una impotencia dolorosísima cuya “antigüedad” forma parte de la moderna ilusión tecnológica. Me explico. El que filma la matanza o la orgía -o el nacimiento de su hijo- lo hace a partir de una convicción paradójica: la de que lo único que le falta a la realidad para ser real es un poco de ficción (la que introduce el medio tecnológico). Es decir, lo que le falta al original para ser de verdad el original es una copia. Pero la copia nos introduce sin salvación posible en la serie de los enésimos, que es potencialmente infinita. La realidad no es real sin copia, pero la copia, como decía Joseph Roth, nos instala en una irrealidad retrospectiva de la que sólo podemos huir hacia adelante, mediante una nueva copia, mediante la copia que esperamos definitiva -la que rompa la serie irreal- pero que es sólo la enésima. Esta es la paradoja eleática en la que nuestra experiencia cotidiana ha quedado atrapada: hacemos una primera foto porque la experiencia no es suficientemente real, y seguimos haciendo fotos porque esa ilusión de insuficiencia es en realidad un efecto de la fotografía. Nuestra impotencia, que nos obliga a hacer fotos sin parar, aumenta con cada fotografía, que exige a su vez una enésima foto que aumenta nuestra impotencia…

Como en Siria, la obsesión por reproducir la realidad la deja fuera de juego, y nos deja fuera de juego como sujetos de experiencia. Los medios son el verdadero fin de nuestras vidas. Los cadáveres “no están ocurriendo”: ocurre que los enterramos en internet. Sustitución de los medios por los fines: una vida dedicada a mirar el reloj o, peor, a darle cuerda.


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