Viaje al centro del lugar común

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Carlos Manuel Álvarez

  Lugar Común. Ruby Rumié y Justine Graham

Lugar Común. Ruby Rumié y Justine Graham

Todo se ha dicho ya. O al menos todo lo importante. Cuesta pensar que en la historia del hombre de veras hubo un momento de auténtica creación. Un sitio donde se nombraban las cosas, se trastocaban los sentimientos, se distorsionaban las ideas. El mundo debió ser, entonces, un lugar feliz.
Pero hoy existen verdades inalterables. Duras certezas. Auténticas y consabidas certidumbres. A excepción de los fundamentalistas y los millonarios, casi nadie niega que la vida sea una sola y para colmo, del carajo. Mucho menos que, tanto visto de cerca como de lejos, a la larga no seamos absolutamente nada.
Ambas definiciones, más allá de las analogías, son tremendísimos lugares comunes.
No hablo ya de los horóscopos, ni de las novelas brasileñas, ni de las datas de dominó, ni de los malos versos de Tagore, ni de la Torre Eiffel, ni de las lunas llenas, porque esos son los aliviaderos públicos, el homicidio de la metáfora.
Me refiero a las palabras que un día significaron algo, a las frases que entraron al ruedo en un derroche de imaginación, pero que gracias al tiempo, a la costumbre, y a los malos imitadores, han perdido la identidad. Ya no dicen nada. Son falsas. Como la ONU y como las fiestas de quince.
Por ejemplo, para el que no lee mucho y en un momento dado quiere dárselas de lector, no hay mejor obra que Cien años de soledad. Quizás el sujeto no sepa ni quién es José Arcadio, pero ese es su libro, y así fusila a tantos devotos verdaderos de la monumental novela. Algo similar pasa con Rayuela, pero en menor medida.
Martí, a su vez, de tan universal, se ha vuelto para ambos lados un lugar común. Me explico. Está el que prostituye sus versos, y descontextualiza sus ensayos, y para desacreditar al contrario, o para darse ínfulas de cubano, de patriota a ultranza, lo cita en cuanto foro público sea posible, cuando lo más seguro es que no haya chocado ni con los Versos sencillos.

Y está el sujeto clásico, el altanero a la vuelta de todo que no lee a Martí porque todo el mundo lo hace, o porque no lo necesita, o porque él prefiere a los contemporáneos. Y lo peor. Se ufana de ello como otros se ufanan de las prendas, de las buenas notas o del complejo militar-industrial.

Se ha hecho costumbre que en las malas películas de suspense se juegue, bajos luces mortecinas, una partida de ajedrez. Los rostros de los jugadores no se ven, solo las manos, lo cual le otorga a la escena un ridículo aire de misterio. De repente, en dos segundos, una voz grave dice: “jaque mate”. Esto, para el que ha visto al menos tres películas del sábado, prefigura un asesinato atroz. El muerto viene que se manda.

Pero el que ha visto tres películas del sábado y también, de paso, ha enfrentado en solitario a Capablanca, sabe que no hay nada más pacífico que un ajedrecista. Y que a los buenos jugadores nunca se les da jaque mate. Ese ardid de los filmes de tercera categoría, muestra, entre otras cosas, una absoluta ignorancia deportiva.

Que un artista de renombre le arranque los aplausos al público es (me parece) una catacresis. A saber: metáfora que por su uso cotidiano ha perdido su significado primario, su sentido original.

De ahí que los bateadores ecuánimes tengan nervios de acero, y las buenas bandas de música para los malos críticos transmitan una energía magnífica, una sincronización casi perfecta, una melodía sugestiva.

A las buenas bandas de música les sucede con este tipo de críticos lo mismo que a los buenos equipos de voleibol y de pelota con sus sempiternos narradores.

Parece que los cubanos son los únicos con garra, con empuje, con amor a la camiseta. No importa. Aunque perdamos aparatosamente, como en el fútbol, siempre habremos hecho un buen papel.

Después de Juantorena y Montreal 76´, el short stop fildea con el corazón, el opuesto ataca con el corazón, el vallista corre con el corazón. Cuando lo normal es que se fildee con el guante, se ataque con la mano y se corra con los pies. Eso sin contar que el corazón se ha vuelto, por obra y gracia de la abulia imaginativa, el utility de los órganos, la deidad cardiovascular.

Los lugares comunes son convenios sociales. Cláusulas inquebrantables que se deben asumir si uno quiere pertenecer a una institución o a un grupo determinado. Antes de entrar a la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana, usted debe haber leído, por lo menos, las crónicas dominicales de Ciro Bianchi, debe profesar, aunque aún no la entienda, un profundo e innato amor por la noticia, y debe repetir, en cuanto pasillo se presente, que para Alejo Carpentier los periodistas eran los cronistas de su tiempo. Si no lo ha hecho, entrará con mal pie.

Ya con los cursos, se vuelve inevitable emplear ciertos términos: epistemología, Martín Barbero o Martín Serrano (da igual), estructuralismo, aguja hipodérmica. Eso en principio. Si puede decir a priori, dígalo. Si puede decir a posteriori, dígalo también. Es parte de la belleza de la vida, de la comedia humana, según Balzac.

Por su parte, Horkheimer y Adorno son poco menos que imprescindibles. O sea, tal como pudiera parecer, no se trata de una sola persona, al estilo de Ortega y Gasset o Herrera y Reissig. De ahí que los teóricos frankfurtianos estén más cerca de Piloto y Vera que de La deshumanización del arte.

En los medios de información las rutinas varían. Se vuelve común que un periodista adulto le diga a un periodista joven: “no haga esto, no haga aquello, no haga lo otro. Usted es una figura pública”. Esto supone un deseo reprimido, un esquema de la profesión o una soberbia ingenuidad.

Los periodistas, como los médicos o los constructores, solo se conocen entre ellos. A excepción de los del noticiero, ningún periodista cubano es una figura pública. Lo cual no es un demérito, sino todo lo contrario. Solo que en Cuba el anonimato no se aprovecha. Por eso, sin venir al caso, hay quien proclama con insolencia:

-Yo soy periodista.

Para que socarronamente le respondan:

-Sí, y yo soy camarero, ¿qué pasó?

Esto, después de todo, se ha vuelto una triste recurrencia.

Lo cual subvierte el significado primario, el sentido original del lugar común. Que siempre, a pesar de los pesares, expresa una incontrastable y desenfadada realidad.

Por eso yo, que nunca quise ser periodista, sino artista de la televisión para que me invitaran a Mediodía en TV, le dedico estas líneas a mi familia, en especial a mi abuela, y a los socios del barrio y a toda la gente linda que ahora me está leyendo, porque en definitiva, ustedes, los lectores, son los que hacen posible que nosotros existamos. Ustedes son mi gente.

Y ya, pues nada, la poesía es el opio de los pueblos. Y con dos que se quieran… sobra.


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