I HAVE A DREAM – Iñaki Egaña

 

 

 

 

 

 

 

En agosto de 1963, ya ha pasado tiempo, Martin Luther King ofrecía el discurso que lo transportó a la eternidad: “I have a dream” (Yo tengo un sueño). Fue en Washington, en una marcha por el trabajo y la libertad, cuando anunció al mundo su sueño de igualdad. Dejen resonar la libertad, decía Luther King, en las “tierras donde mis padres murieron, tierra del orgullo del peregrino”. Un discurso histórico.

Todos somos soñadores. Todos hemos soñado, con mayor o menor intensidad, que hay que dar un respiro a la libertad. Hoy más que nunca. Nadie renuncia a este regalo que nos concede la vida. Cualquier ocasión es propicia, cualquier lugar, época, escenario. No nos pueden robar los sueños porque son la esencia misma de la existencia, el recodo en el que apoyarnos en los días complicados, en las marchas que nos privan del aliento.

Soñamos por nuestra patria, nuestra tierra quemada una y otra vez cuyos rescoldos llegaron hasta hoy y nos alumbraron lo que somos. Soñamos que vientos de libertad nos abrazan desde las cimas del Orhi al Serantes, desde las corrientes del Ebro al Adour, desde las sequedades de las Bardenas hasta los humedales de Urdaibai. Soñamos en paisajes, en brisas y huracanes, pero también en hombres y mujeres que construyeron con su andar los caminos que surcan nuestro país.

Muchos de aquellos hombres y mujeres nos dejaron un pequeño resquicio con su compromiso, con su nombre, con su huella. Otros ni siquiera pudieron, como Luther King, alcanzar la eternidad. Ellos y ellas, sin embargo, son la fuente de nuestra piel, el oxigeno imprescindible para que nuestra sangre pueda llegar al corazón y bombear la vida de un país que hemos respirado y respiramos con entusiasmo.

Soñamos que el mundo se transforma, que los colores se disparan y el cielo se aligera, que el sol sale, por fin, igual para todos y que la vida deja de ser, para la mayoría, una pesadilla. Soñamos que éramos mariposa y que al despertar, como nos contó Chuang Tzu, ignorábamos si éramos nosotros mismos o una mariposa que soñaba con nosotros.

Quienes tienen conflictos existenciales sueñan con paraísos religiosos, capaces de superar sus frustraciones, a veces incluso con la habitación repleta de huríes con cuerpo de azafrán, almizcle, ámbar o incienso. Soñamos despiertos y nos sumamos a los juegos de azar, para lograr el placer a través del dinero. Aspiramos a cambiar lo permanente, a voltear los menhires de los gentiles, a recorrer el camino sin ampollas en las plantas de los pies.  Anhelamos la utopía.

Y, a veces, mezclamos esos sueños livianos con esta utopía que movió montañas y cambió el curso de los ríos. No puedo evitar una especie de recuerdo a mis tesoros, a los libros que guardo con cariño, parte de ese mi recorrido que un día concluirá. Utopía fue la de Tomás Moro, pero también La República de Platón, la Christianopolis de Johann Valentin Andrade, La Ciudad del Sol de Tommaso Campanella, La Nueva Atlantida de Francis Bacon o el Leviathan de Thomas Hobbes. El Manifiesto Comunista de Karl Marx y Friedrich Engels nos dejó un poso utópico, como el de Los viajes de Gulliver de Jonathan Swift o El principito de Antoine de Saint-Exupéry. Escenarios complejos y sublimes.

Sueños utópicos, utopías soñadoras.

No hace falta mirar tan lejos aunque no esté de más. Sin la delicadeza de Luther King, tuvimos nuestros sueños en El genio de Nabarra de Arturo Campión, El único camino de Dolores Ibarruri, Por la libertad vasca de Eli Gallastegi, Euskadi 1984 de Emilio López Adán, Lur berri billa de Nemesio Etxaniz, La patria de los vascos de Engracio Aranzadi, Piarres de Jean Barbier, Etre basque de Jean Haritschelar, o, incluso, en el Ni ez naiz hemengoa de Joseba Sarrionandia.

No quiero parecer pedante, ni un bibliotecario aburrido, con la montura de las gafas colgando de su nariz aplastada. Ni siquiera pretendo alargar el artículo más allá de las líneas necesarias para contar que yo también sueño. Sueño despierto que es como decir que aquellas utopías de mis antepasados, aquellos vientos que empujaron a mis abuelos, algunos de ellos llegados desde tierras extrañas a la que me vio nacer, son los mismos que me impulsan a exigir tanto que no tengo espacio en mi vocabulario.

Y hoy, precisamente, a cuenta de los tiempos que entre muchas y muchos vamos desbrozando, mis sueños se moldean con una nitidez que hasta ahora no había siquiera imaginado. Y tengo un sueño, cien mil veces más humilde que el de Luther King, pero con una fuerza que a mi mismo me sorprende, la fuerza de sentirlo compartido.

Sueño que las cárceles se vacían, que los muros altaneros de esas mazmorras nauseabundas se derrumban como naipes y que un día, no muy lejano, habremos dejado de acumular, por fin, millones de kilómetros. Habremos dejado de abrazar a los nuestros, de mesar sus cabellos, de humedecer sus ojos, de besar sus mejillas en la lejanía, para hacerlo, de alegría, bajo el dintel de nuestra casa, en la cocina entre el vapor de los pucheros al fuego.

Sueño, y este sueño me alivia el desasosiego de años, que la tortura abandona avergonzada las salas de comisarías, los cuartos escondidos bajo toneladas de hipocresía. Que la palabra picana desaparece del diccionario y que cuando en el mismo catálogo consulto otras entradas como “bañera”. “bolsa” o “electrodos” únicamente consigo leer descripciones originales y no acepciones de uso militar.

Yo tengo, asimismo, un sueño lleno de esperanza, que los especuladores que destrozan nuestra tierra, que agujerean nuestro suelo, que derriban nuestros árboles, que oxidan nuestro litoral, abandonan sus propósitos y se convierten en personas tan normales como nosotros. Que sus proyectos estrambóticos, destinados a llenar sus bolsillos y los de sus amigos, pasan al saco de las calamidades históricas de una vez por todas.

Sueño en que mi madre, mi hija, mi compañera, mis amigas dejan de hacer esfuerzos, algunas veces ímprobos, para lograr ese reconocimiento que unos días parece al alcance de la mano y otras veces tan lejos que desanima. Sueño para que su pelea por la igualdad alcance el objetivo y todos, ellas y nosotros, crucemos la meta de la paridad para gloria de las y los que nos precedieron. Sueño que mis nietas, cuando espero que lleguen, o las nietas de mis colegas, estudien con horror las crónicas del maltrato como aberraciones de un pasado extinguido.

Sueño que los banqueros se rebajan sus salarios millonarios hasta la altura de los mortales y reparten sus beneficios astronómicos entre los más necesitados. Que transforman la flota de pateras en yates, cediendo sus palacios para los grupos de teatro juvenil de Getxo y los de pintura infantil de Burlada. Sueño que las campanas de nuestras parroquias repican porque curas, frailes y obispos se arrepienten de sus pecados, con sinceridad, y abandonan sus hábitos hipócritas y sus costumbres excluyentes.

Sueño que el acero de los fusiles pierde su aleación y se disuelve entre la hierba que crece si parar, que los cañones se enmohecen en medio de helechos gigantes, que el uranio se agota y las centrales que alimenta fallecen de inanición y que los tricornios sirven únicamente de tiesto a plantas no por cierto carnívoras. Que los cuarteles se convierten en refugios, los conventos en mercados y las sedes gubernamentales en talleres de poesía.

Y sueño, sobre todo, en mi país. Un país con el que suspiro cada mañana y lloro cada noche. No sé si de alegría o de tristeza, con humor o con enfado. Me es indiferente. Me es indiferente porque ese país, rojo, verde e incluso en ocasiones gris, me ha hecho como soy. A mí y a los míos. Por eso, sueño en mi país libre. Emancipado. Como no puede ser de otra manera. Dejen resonar la libertad. Porque hoy es tiempo de sueños, puerta a las realidades de mañana.

 

Iñaki Egaña


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