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En cada conflicto la creación del imaginario del enemigo es un factor determinante para la consolidación del consenso. La propaganda necesita los tópicos que justifican las acciones, las estrategias. El enemigo debe tener una imagen homogénea. Las interpretaciones de sus comportamientos, acciones,  ideas, deben ser logos inmutables. Sobre todo es importante descontextualizarlo, que asuma un valor absoluto negativo en cuanto expresión de enemigo, del “otro”, del “no nosotros”. Es necesario la construcción de una idea fuerte, fuera de la cual es tierra de nadie.

Si esta visión “enemiga” del mundo muestra aspectos que pueden poner interrogantes o llegan a poner en duda las razones absolutas de la fuerza, que se presenta como inmanente, entonces se utiliza la retórica, el arte de la palabra entendida como libre interpretación (funcional-instrumental) del significado, es decir se modifica a propio antojo el mensaje del enemigo. Si el enemigo habla de diálogo, de solución política del conflicto, se considera que es una trampa. Si el enemigo quiere proponer la valoración del pueblo de los proyectos políticos a través del voto se lo define como “engañoso”.

Esta defensa de la idea dominante de la dialéctica, se desarrolla a través del instrumento coercitivo de la “seguridad nacional” que, desde las guerras “democráticas” hasta las imposiciones económicas los planes de ajuste estructural que han contribuido y contribuyen a un verdadero genocidio moderno, pasando por las locales aunque no menos socialmente deleznables y culturalmente terroristas campañas y leyes contra la inmigración, que han dado a la palabra “democracia” un significado siniestro.

Este imaginario virtual, impuesto como real, necesita de una historia escrita sin interrogantes. Si los procesos históricos son difuminados por el filtro de la actualidad concreta, adornada de principios virtuales, el origen del sistema de coerción y control, los modelos económicos egocéntricos, la jerarquía cultural, el absolutismo estatal, el individualismo mercantilista, se imponen como un devenir natural del desarrollo humano y social. Los procesos de consolidación de esta arquitectura de poder son llamados reformas, cuando, en realidad, los principios que los mueven se dirigen a una restauración de jerarquías sociales, en donde estas habían sido puestas en cuestión a través de batallas que por siglos han conducido las mayorías “sin voz”.

Las acumulaciones primarias del capitalismo que han permitido el dominio de este sistema económico, político y cultural, se basaban únicamente sobre la explotación de la fuerza humana. La conquista de America, la esclavitud, la mano de obra en le proceso de industrialización, el imperialismo, que han caracterizado el nacimiento y consolidación del modelo occidental como modelo de dominación global, tienen un denominador común: la explotación intensiva de centenares de millones de hombres y mujeres, la eliminación de pueblos y culturas no funcionales a este modelo, las guerras como instrumento principal para la realización del “destino manifiesto” y de la “seguridad nacional”, la construcción de la mayoría de la población mundial sobre este sistema mundial es un herencia que sigue desarrollándose bajo el modelo multinacional de acumulación de poder y económica. Deslocalizaciones, zonas francas, financiación de lo económico, privatización de los bienes colectivos, explotación y destrucción intensiva de la naturaleza, guerras regionales, mercados de armas y drogas, son expresión del moderno sistema de control y dominio social.

En este contexto los mismos estados nacionales, que son construcciones ideológicas para garantizar hegemonías económicas y sociales, profundizan sus funciones.

El estado en la época de la globalización capitalista no funciona ya, ni formalmente, como garante de la colectividad y como instrumento de distribución de la riqueza, tras decenios de batallas sociales y políticas dirigidas a su consolidación como distribuidor. Como afirmaba el relator para los derechos humanos de Naciones Unidas (1987), Cheru Fantu, “el mayor impacto de la mundialización y la liberalización (o sea el ajuste estructural) se ha verificado en la función que desarrolla el estado en el desarrollo nacional. El estado no actúa ya principalmente como protector con respecto a la económica mundial sino mas bien cumple una función integral de facilitar la mundialización”.

Esta lectura de la historia y de nuestros días impone la construcción un escenario diferente. Un anhelo que ha estado presente en el devenir humano a través de resistencias, luchas para afirmar el derecho de mujeres y hombres a la construcción de un mundo más justo. Luchas que no han impedido que esta concepción, como otras, no sea una prerrogativa de uno u otro estado sino más bien una técnica de consenso: la construcción ideológica de las propias razones entendidas como absolutas. Esta visión del conflicto es como un campo de juego en el cual quienes se oponen o son excluído o, en muchas ocasiones, interiorizan la lógica que quieren modificar. Es la idea de la necesidad para alcanzar el objetivo liberador que afecta el sentido del proceso transformador. Por esto el dialogo y la negociación, a la par, de proyectos políticos es un elemento intrínseco del cambio. La base sobre la cual construir nueva reglas y, sobre todo, definir nuevos principios concretos y no formales, para la construcción de relaciones sociales que tengan el ser humano y la naturaleza como el centro de la sociedad.

 

Una palabra que resuena y resume esta exigencia liberadora es la paz. 

 

La paz es un sueño que anhelan todos los pueblos de la tierra. Sobre su significado hay, sin embargo, visiones diversas en muchos casos antitéticas. La paz no puede ser entendida solo como ausencia de guerra, en donde no hay conflicto. Una paz vital y justa conlleva una situación en donde el conflicto se desarrolla sobre las bases de una dialéctica a la par. Las mismas oportunidades para mujeres y hombres, las mismas oportunidades para los proyectos políticos y sociales, las mismas oportunidades para comunidades con culturas diversas que la historia  y la naturaleza del mundo las ha llevado a convivir en el mismo planeta.

Pero esta paz es hoy una utopia. Porque la paz de los estados constituidos es producto de una historia que históricamente se ha basado en la negación y eliminación del otro. Y es sobre esta acumulación primaria de injusticia que se ha construido un sistema mundo que se presenta con enunciados humanistas – la carta para los derechos del hombre, las convenciones internacionales de defensa de los derechos individuales y colectivos, etc. – que pero en los reglamentos de actuación contradicen, hasta niegan, los principios inspiradores.

Por eso es necesario construir la paz a través de la justicia. Reconociendo la pluralidad de la existencia, rechazando con fuerza el concepto de superioridad. Las razones del otro son necesarias pero antes del otro, hay que reconocer su existencia.

 

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